Me acerco poco a poco a la ciudad, y desde el propio autobús es cada vez más notorio el enorme ir y venir de personas. Las aceras parecen autopistas de personas, gente que va con prisa hacia sus destinos, hileras de caras desconocidas que pasan sin cesar, sin expresión alguna, como siguiendo un dictado autómata a través de unos raíles invisibles. Llego a la estación, y continúo mi marcha a pie. Es ahí muchísimo más notoria la cantidad de gente que se moviliza, personas tan distintas en cuanto a edad, condición... Mientras sigo mi camino, los pensamientos sobre mi destino que ya tenía rondando mi mente minutos antes de subir al autobús, se desvanecen y son sustituidos por otros. Intento imaginarme la personalidad de cada una de las personas que se cruzan en mi campo de visión. Sus miedos, sus alegrías, sus sentimientos, sus pensamientos, sus vidas, todas tan diferentes y tan dispares y sucediendo a la misma vez, vidas que nacen y terminan, amores que empiezan y acaban, lazos que se une...