lunes, 20 de enero de 2014

Crónicas de Aodren: El retorno de Ceneo (I)

Y sonó el cuerno de guerra desde lo alto de la montaña. Aquellos miserables, asombrados y sorprendidos, alzaron la mirada esperando encontrarse con un enorme ejército. Pero para su sorpresa sólo la silueta de un hombre apareció en lo alto. Una sombra que apenas se detuvo unos segundos después de alzar lo que parecía ser una enorme hacha, para luego cargar hacia ellos con un ímpetu que jamás habían visto.

(figura por Frank Frazetta)

Era un grupo sin orden ni formación alguna. Sólo una turba desordenada de pequeños engendros transportadora de un horrible olor y retorcidos y feos rostros que bien podrían haber salido de las peores de las pesadillas. Ya era suficiente milagro que hubieran caminado tanto juntos sin haberse matado entre ellos. Y eso, en parte, ya extrañaba al guerrero que bajaba colina abajo hacia su encuentro.

La estupefacción dejó pasar a la risa y a las retorcidas carcajadas en las decenas de gargantas presentes en aquel barranco. Alzaron y prepararon sus rústicas lanzas hechas de huesos de sus víctimas, mientras ya algunos se peleaban entre ellos filas atrás debido a las discrepancias en cuanto a la posterior repartición de la carne que creían estar a punto de obtener.


Pronto las carcajadas dieron lugar a gritos de desesperación. La figura humana ya había penetrado entre ellos llevándose por delante a algunas horribles cabezas de los presentes. Con un par de simples golpes había desviado a los pobres intentos de ensartarle con las lanzas, y una vez traspasadas, aquellas criaturillas verdes tan repugnantes como torpes apenas podían desenvainar su otra arma de corto alcance para hacerle frente ahora que lo tenían delante de sus narices, tan acostumbradas a luchar contra víctimas indefensas incapaces de ofrecer resistencia decente alguna.

—¡Vuestra pestilencia se verá eclipsada por el hedor de vuestros cadáveres, criaturas inmundas! —gritaba el guerrero mientras su hacha se movía traspasando miembros y corroídas piezas de armadura de cuero, moviendo todo su cuerpo como si de una danza macabra se tratase.

Uno de los hombrecillos verdes que había permanecido más rezagado del grupo principal, corría ahora hacia la espalda del guerrero llevando torpemente una enorme maza, la cual podría perfectamente sobrepasar incluso parte del peso de su propio cuerpo. Parecía el cabecilla del grupo al ser algo más alto y corpulento que los demás, llevando por yelmo el cráneo de una rata enorme que sólo dejaba entrever unos enormes y rojos ojos sedientos de sangre.

En un alarde de destreza impropio para los de su raza, consiguió alzar la maza y dejarla lista para caer y aplastar la columna de su enemigo. Tanta concentración en la preparación para ese simple golpe hizo que no se percatara de una roca en medio de su camino, la cual hizo que tropezara bruscamente con tan mala suerte de, en su caída, abrirse de cuajo la cabeza con su propia arma.

Una estruendosa carcajada llenó el ambiente al instante. Era el misterioso guerrero el que reía, había estado al tanto de la escena sin descuidar su espalda. 

—Malditos seáis, panda de bribones, haríais una buena actuación en un circo —profería mientras seguía repartiendo golpes y cortando extremidades—, pero vuestro derramamiento de sangre inocente ha encendido mi cólera, ¡la misma que os llevará a las mismísimas entrañas de vuestro maldito y apestoso infierno!, clavaré cada una de vuestras cabezas en una jodida pica.

El amargo festín de sangre, alaridos y amputaciones dejó paso a un silencio sepulcral. En realidad alguien como él no tendría por qué haber estado allí. Cualquier guardia local de los reinos colindantes podría haberse encargado de aquella chusma, incluso la milicia urbana. Y seguramente si fuera otro, habría pasado de largo.

Pero él era Ceneo. Los vientos de guerra habían comenzado a soplar hacía ya tiempo, y él, por fin, había vuelto. No permitiría que los desgraciados que habían huído escaparan muy lejos, así que guardando su hacha partió hacia el horizonte sin demora, no sin antes limpiar la sangre que había salpicado el escudo que llevaba a su espalda y que ni siquiera había llegado a usar.