jueves, 10 de mayo de 2018

El diablo de Timanfaya

Sobre el inconmensurable océano más allá de las Columnas de Hércules yacen siete fragmentos como último vestigio de un paraíso perdido con forma de islas. No muy lejos hacia el oriente de una de las principales, conocida como un mágico continente en miniatura llamado Gran Canaria, aparecen ante la vista Fuerteventura y Lanzarote. Sería en esta última, a principios de septiembre del año 1730, donde se manifestaría el peligro durmiente de una fuerza de intensidad solo igualada por la belleza de aquellas tierras, pues allí las puertas a lugares inspirados en el Edén en ocasiones están muy cerca de las que llevan al Inframundo.

El destino desplegaría sus alas para sobrevolar el pueblo de Timanfaya, donde estaba teniendo lugar un festejo como ningún otro se había visto para el que no escatimaban recursos, pues el hijo del hombre más rico del lugar y la hija de unos agricultores de plantas curativas celebraban su matrimonio.

La unida y enamorada pareja, desde hacía tanto tiempo como el mismo que alcanzaban a recordar, danzaba en un baile típico de aquel precioso rincón del mundo, aunque no tanto al son de la propia música como de sus melodiosas palabras de un futuro juntos. Justo en el momento en el que se fundieron en un fuerte abrazo, el destino rugió, y haciendo temblar todo bajo sus pies tuvo lugar la gran explosión que precedería a la furia y a la erupción del volcán que apadrinaba aquella región.

Todo el pueblo comenzó a correr preso del pánico ante la lluvia de enormes pedruscos por todo el lugar. Casas derrumbadas, campos de cultivo destruidos... No existía piedad alguna por parte de la fuerza que caía destruyendo todo lo que hubiera alrededor. La desgracia caería entonces de lleno en los recién casados, pues una roca de grandes dimensiones salida de las entrañas de la tierra impactó encima de la novia sepultándola ante la atónita y desgarradora mirada de su amado.

Desoyendo los gritos de todas las personas cercanas que trataron de hacerle ver que no había nada que hacer, fue invadido por la rabia y la desesperación, cogiendo del suelo sin ni siquiera pensarlo una horca de cinco puntas para intentar levantar la piedra bajo la que yacía la mujer de su vida.

Las voces siguieron intentando con mayor ímpetu que desistiera, pero no lo hizo, hasta el punto de sentir sin saber cómo, de sus entrañas se materializó una fuerza de tales dimensiones que le haría conseguir levantar aquel trozo de roca humeante con la ayuda de la horca, rescatando así el cuerpo ya sin vida de ella.

Cogiéndola en brazos y sin soltar la horca comenzó a correr buscando un refugio, que por la destrucción desatada por la naturaleza, ya no encontraría. Gritando y con el cuerpo de su mujer, se internó en el Valle de Timanfaya hasta que sus fuerzas le permitieron, desapareciendo entre el humo del sulfato que salía del suelo y las cenizas que ya lo cubrían todo. Aún así sucedería un momento de plateada claridad entre la nube de cenizas propiciada por aquella noche de luna llena, en la cual varias familias pudieron observar como en lo alto de una colina y gritando con una fuerza sobrehumana, lleno de dolor y rabia, salió la imagen de aquel chico con la horca de cinco puntas entre sus dos brazos en alto, desapareciendo poco a poco entre las cenizas y el sulfato. En ese momento todos los supervivientes testigos de la inefable desgracia dijeron en un mismo tono, "pobre diablo".

Y de la sangre derramada por ella a través de todo el valle, nacerían más plantas medicinales que sus padres cultivaban, a la que todos en el pueblo decidieron ponerle el nombre de los dos enamorados: él se llamaba Aloe, y ella, Vera.

Largo tiempo después, en una de las reconstrucciones de la zona aparecería el cuerpo del chico petrificado por la lava con su horca todavía agarrada con fuerza. Y todos los presentes, al verlo, exclamarían de nuevo:

"¡Pobre diablo!"