lunes, 18 de junio de 2018

Mapas de otros mundos

Han pasado ya un buen número de años desde que por primera vez comencé a verter un pequeño torrente de inspiración de diversas formas en este humilde rincón, donde cada gota, salvo pequeñas excepciones, proceden del mar de mi mente en el que navegan fragmentos de mi experiencia e imaginación, esos buques fabricados por sentimientos que naufragan y vuelven a zarpar una y otra vez. 

El rumbo de conocer ese misterioso, inescrutable y difuso océano que es uno mismo ha permanecido invariable, desde a través de simples relatos o desahogos emocionales y reflexivos, hasta la creación de cartas extraviadas con forma de barcos de papel lanzados a la deriva. En ellos viajan las alegrías más profundas, los sueños e instantes más bohemios, las lluvias de tenebrosa oscuridad, las decepciones más amargas... En ocasiones he pensado que he escrito menos de lo que hubiera deseado, pero forzar las cosas y no dejar que fluyan con naturalidad es algo que nunca ha formado parte de mi, para bien o para mal. 

Al mirar tiempo atrás me siento a menudo casi irreconocible, un proceso quizá normal cuando evolucionamos, pero quizá no por haber cambiado de forma drástica sino más bien por el avance de ser más consciente y conocerse mejor a uno mismo, requisitos indispensables para pulir la personalidad. Es la sensación de saber que se habría actuado de forma diferente en infinidad de situaciones, que quizá se habría tolerado un menor daño, cometido menos errores... Es el viaje que ya he mencionado en más de una ocasión, esa escalera en espiral que desciende hacia el yo más profundo y real.

Mientras tanto el presente es lo único que realmente se lleva en la maleta, y que al abrirla e intentar sujetarlo éste se desliza como fina arena entre los dedos de nuestras manos. Un presente que no en pocas ocasiones se oculta tras capas de obstáculos forjados por nuestra mente y nuestra psicología, como salas llenas de espejos con falsos reflejos, o islas aparentemente paradisiacas que llaman con cantos de sirena, cual oasis repentino en medio del más seco de los desiertos. Y qué decir de cuando aborda la duda, en momentos, de si realmente se está en uno de esos lugares o realmente se anda el verdadero camino personal. Es de esos instantes donde a veces creo que surgen los torrentes de inspiración, como si cada uno de ellos fuera una bengala lanzada a la oscuridad para ver mejor por donde nos encontramos y volver a encauzar el rumbo, mientras que en otros se materializan para reafirmar los propios pasos y dejar constancia de algo que ya se cree luminoso y del cual a duras penas se arman las palabras adecuadas para describirlo. 

Son fragmentos expuestos de uno mismo, aunque en ocasiones también me ha llegado la sensación de ser retazos captados al sintonizar algo ajeno, con algún lugar fuera de las reglas del espacio y del tiempo, como una biblioteca onírica que guarda las vivencias y los sentimientos de cada ser humano a lo largo de la historia. Estanterías donde el pasado, el presente y el futuro se dan la mano y hablan juntos. 

¿Y qué hay de los rumbos que se habría deseado que fueran diferentes?, parte de esos deseos diría que acompañan siempre, ¿cómo saber a fin de cuentas lo que está en nuestras manos y lo que no depende de nosotros de forma exacta y concreta?, la línea que separa ambas cosas puede llegar a ser tan difusa... Hay días que creo haberme quedado en alguno de esos cruces, y no deja de ser cierto que partes de mi estarán ahí para siempre, desperdigadas en lo que pudo haber sido de otra manera. ¿Acaso hay cosas que pueden superarse?, ¿o solo se puede aspirar a convivir con ello?, somos al fin y al cabo como estatuas de mármol viviente esculpidas por el cincel de lo que hacemos, y por el martillo de lo que otros han hecho. 

Intentar conocerse y dominarse a uno mismo es buscar el mayor control posible sobre la primera herramienta y sobre los efectos de la segunda en esa escultura que irá siendo resultante a través de las cuerdas del destino, las mismas que tejen la conexión de unas efigies con otras usando el famoso hilo rojo del que habla la leyenda, aquellas personas destinadas a encontrarse o mantener un vínculo sin importar el espacio y el tiempo. Aunque diría que todos estamos conectados a diferentes niveles de una u otra manera.

Somos los hijos de la historia.



miércoles, 13 de junio de 2018

Retazos de confianza

Se habían querido desde siempre,
e ignoraron dicha verdad,
mientras se hacían tanto daño,
dando razones para olvidar.

Que estar juntos era el anhelo,
al que querían juntos llegar,
que compartir partes del tiempo,
sería un sueño hecho real.

Donde aceptar cada defecto,
y amar cada cualidad,
donde dejar de echar de menos,
y no olvidar sus nombres jamás.

sábado, 12 de mayo de 2018

Al filo de la cordura

Escribí tu nombre en mi bandera,
porque has sido mi única patria,
donde compuse notas enteras,
con cada una de nuestras miradas.

Guardo en una invisible botella,
de un cristal color esperanza,
la custodia de gran delicadeza,
de tu cabello su fragancia.

Y vuelco el diario en la libreta,
de cuyas hojas nunca cambian,
pues mis trazos solo muestran,
el beso que hizo saborear tu alma.

Llevando en tantas ocasiones puesta,
la improvisada y rígida máscara,
que oculta mi mayor tristeza,
de las ausencias la más amarga.

viernes, 11 de mayo de 2018

Eram quod es, eris quod sum

Todo empezó como pequeños paseos nocturnos como una forma de evadirse durante esas noches que tenía libres. La caída del sol cubre todo por un manto de magia haciéndole capaz de permanecer hipnotizado por las luces de cada rincón de la ciudad, cada una de ellas testigo mudo de la vida de incontables personas, de fragmentos de historia, y al mismo tiempo pequeños faros que alumbran donde de forma natural debería reinar la más absoluta negrura entre los retazos urbanos de características cambiantes, dependiendo estos últimos de la ciudad en la que se encuentre.

La medianoche vacía de vida las calles al igual que las carreteras que le guían por el mar de destellos y oscuridad. Solo con sus pensamientos, en dichas vías de asfalto que le terminan conectando con otras que le llevan a zonas cada vez más apartadas. El color propio del ébano comienza a teñir su casco, su cazadora, sus guantes de duro cuero, cual criatura de la noche buscando mimetizarse y fundirse con el ambiente al que poco a poco se siente pertenecer, pero no es una sensación nueva, de alguna forma es como si volviera a casa.

Las distancias recorridas aumentan, y también la velocidad, la sensación de riesgo, y las sombras que se arremolinan ahogando la única luz próxima existente, la del faro de su moto. Cuanto más rápido pasan las líneas continuas y discontinuas más deja de existir el tiempo y con él todo flujo de la mente, una intensidad del presente que hace que nada exista salvo lo reflejado en el visor, tras el cual ya parece dejar de existir persona alguna. Le resulta extraño no recordar el último amanecer que presenció, el último calor de una mañana, ni siquiera el haberse bajado de la moto alguna vez.

jueves, 10 de mayo de 2018

El diablo de Timanfaya

Sobre el inconmensurable océano más allá de las Columnas de Hércules yacen siete fragmentos como último vestigio de un paraíso perdido con forma de islas. No muy lejos hacia el oriente de una de las principales, conocida como un mágico continente en miniatura llamado Gran Canaria, aparecen ante la vista Fuerteventura y Lanzarote. Sería en esta última, a principios de septiembre del año 1730, donde se manifestaría el peligro durmiente de una fuerza de intensidad solo igualada por la belleza de aquellas tierras, pues allí las puertas a lugares inspirados en el Edén en ocasiones están muy cerca de las que llevan al Inframundo.

El destino desplegaría sus alas para sobrevolar el pueblo de Timanfaya, donde estaba teniendo lugar un festejo como ningún otro se había visto para el que no escatimaban recursos, pues el hijo del hombre más rico del lugar y la hija de unos agricultores de plantas curativas celebraban su matrimonio.

La unida y enamorada pareja, desde hacía tanto tiempo como el mismo que alcanzaban a recordar, danzaba en un baile típico de aquel precioso rincón del mundo, aunque no tanto al son de la propia música como de sus melodiosas palabras de un futuro juntos. Justo en el momento en el que se fundieron en un fuerte abrazo, el destino rugió, y haciendo temblar todo bajo sus pies tuvo lugar la gran explosión que precedería a la furia y a la erupción del volcán que apadrinaba aquella región.

lunes, 23 de abril de 2018

Perdido en tu medianoche

Y hubo quien se creyó por siempre,
de blancas playas y verdes prados,
pero sería una de muchas ciudades,
la que conseguiría a él hechizarlo.

Pues cautivo de tus propios ojos,
cual mirador bajo un cielo claro,
deseó correr por las autopistas,
de tus pensamientos más abstractos.

Visitar de tu mente el museo,
donde esculturas del pasado,
dieron forma a las emociones,
que como persona te han forjado.

Pasear en los tranquilos parques,
que cubren tu piel de lado a lado,
donde acaricio cada brizna de hierba,
con mis desnudas y cálidas manos.

Probar el agua de caudalosa fuente,
que da sabor a los mismos labios,
que mostrándome el camino al templo,
con tu permiso al rincón más sagrado.

domingo, 22 de abril de 2018

Crónicas de Aodren: Codex Abraxas


Creyó estar muerto, y de hecho, su cuerpo lo estaba, pero su consciencia de alguna forma permanecía presente. Se vio arrastrado a un túnel de luz junto a un ser que no tardaría en aproximarse y acompañarle a modo de guía, un ser que carecía de forma, como una extraña nebulosa de diversos destellos constituida por pura energía.

La travesía duraría unos instantes hasta que la luz lo cubrió todo por completo, y se encontró de repente en el ascenso de una solitaria montaña rodeada de un mar de nubes. La desaparición del ser no le pasó desapercibida, al igual que una imposible conjunción en el cielo (propio de un enrarecido atardecer más intenso de lo normal) del Sol y la Luna. Ambos tenían un enorme tamaño, situado el primero justo por encima del segundo a muy poca distancia uno del otro, reinando ambos el firmamento al mismo tiempo.

Continuó el ascenso sin dificultad dándose cuenta de que no ejercía ningún impulso físico para ello, pues carecía de cuerpo alguno, deslizándose en un estado de levitación. Él también era una pequeña nebulosa de energía, aunque sin destellos. Una extraordinaria capacidad sensitiva le inundaba, capaz de permitirle ver colores de tipos e intensidades que jamás había presenciado, al igual que diversos sonidos en derredor a pesar de estar en un lugar tan aparentemente en calma y apartado de todo lo conocido, si es que un sitio así existía realmente en el mundo material.

Al llegar a la cima observó una amplia planicie que terminaba en un inmenso pilar de irregulares paredes rocosas que lucía en su cara frontal un desconocido símbolo. De aspecto imponente, parecía querer servir de torre para alcanzar los dos astros que sobre él permanecían en el cielo de una forma imposible. Le pareció que sus tamaños incluso habían aumentado desde que había llegado.

A los pies del enorme roque, no demasiado lejos, una plataforma de piedra mostraba en su superficie un libro cerrado de grandes dimensiones. De extraños e indescifrables signos en su portada, su aspecto le hacía poseedor de un tiempo incalculable, sin embargo al acercarse el visitante a él y abrirlo con cuidado con solo desearlo mentalmente pudo ver como sus páginas, aún siendo igualmente de una manufactura propia de tiempos ya olvidados, tenía una presencia impoluta en sus letras y representaciones.

sábado, 21 de abril de 2018

Antítesis onírica

Caminando por aquel largo pasillo que bien podría ser el de cualquiera de los hoteles que he visitado a lo largo del tiempo, no tardé en recobrar paulatinamente cierta lucidez, me encontraba de nuevo dentro de un sueño. Me dejé llevar por la situación, expectante, y el instinto me llevó a abrir la primera puerta que apareció a mi lado izquierdo.

Al abrirla me vi al instante andando dentro de una sala amplia e iluminada por unos grandes ventanales, una luz ligeramente anaranjada y agradable que penetraba por aquellas enormes cristaleras de forma muy intensa. Habían varias estatuas y mobiliario de corte entre lo moderno y lo clásico, de tonalidades claras y cálidas similares a la madera, estando todo ello en torno a una chimenea encendida de llamas muy vivas.

Me percaté de que no me encontraba solo a los pocos pasos. Aquella sala estaba abarrotada de gente, personas de apariencia normal, de todo tipo y condición, que no reaccionaron a mi presencia y que permanecían tranquilamente en silencio como esperando algo. De repente comenzó a sonar una bella y delicada música que me hizo alzar la mirada, pues quise buscar su origen, y ésta provenía de una especie de terraza que estaba justo encima a modo de segunda planta de aquella sala. Busqué una escalera que no resultó estar nada lejos y ascendí lentamente mientras aquellas notas musicales me llenaban cada vez más y más. 

Al subir del todo giré hacia la derecha, y allí estaba, una mujer de aspecto casi angelical que sostenía un violín con sus manos mientras entonaba la divina pieza melódica. Me acerqué lentamente hasta guardar cierta distancia sin dejar de observarla, presenciando también que en esa planta había mucha gente con la misma actitud que los que había observado abajo. La chica parecía actuar con la intención de amenizar y hacer mucho más agradable la estancia de todos los allí presentes, y lo conseguía con creces.

Me invadieron sentimientos de que aquel lugar era como una sala de espera, o más bien un espacio de tránsito, quién sabe si en un sitio fuera de este tiempo y espacio. Tuve la impresión, ciertamente, de estar en una parada entre dos lugares que están más allá de la realidad que percibimos estando despiertos.

martes, 17 de abril de 2018

El rostro de la inspiración

Eres lo que va y viene,
cuando solo se le antoja,
sin saber de dónde procede,
naturaleza tan caprichosa.

Desapareces cuando quieres,
sin dejar una triste nota,
pero vuelves de repente,
para estar juntos a solas.

Te sintonizo cuando anochece,
como una invisible onda,
de una radio que no duerme,
que susurra muchas cosas.

Cuando todo ello sucede,
me despiertas a cualquier hora,
para escribir lo que precede,
a tu voz tan silenciosa.

Formas cartas sin remitente,
hacia toda y ninguna persona,
cual desahogo de alma viviente,
eres el amor que nunca traiciona.

viernes, 13 de abril de 2018

Soldado de la vida

Llegó a encontrarse a sí mismo tan cansado de sentir, a preguntarse si la única forma de parar era dejar de sentir por completo. De crearse un caparazón de piedra tras una gran puerta de hielo, pues no dejó de estar en guerra, siendo el campo de batalla tanto su mente como su cuerpo. Una parte suya aprendió el amor, y la otra el resentimiento, ambas en lucha a muerte de un interminable duelo que bien le desgarraba en pedazos durante el amargo proceso. Aferrándose en lo positivo y en lo que creyó correcto intentó enterrar en vano a las sombras que acechaban desde dentro.

Pero nunca se van, siempre vuelven, siempre terminan alcanzando tanto al loco como al cuerdo. La cara y cruz, pensó por momentos, de todo viaje por este sueño. Que no es cuestión de combatir los demonios, sino de aprender a convivir con ellos para así aprender de sus lecciones primero.

Y como aspas de molino sacudidas por repentino viento comprendió los ciclos de la experiencia por los túneles del tiempo. Deambulando en ellos, desconociendo, que no es necesario dejar de estar vivo para llegar a sentirse muerto, pero ahora sabe que a veces se debe morir para volver a nacer de nuevo.

En este camino tan complejo, en este tránsito de la vida, aseguraron los últimos que le vieron que su corazón aún latía. Que continuaba luchando, creciendo...

Pero algo en él cambiado había, ahora volaba en alas de fuego.