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Crónicas de Aodren: Cacería de la Luna Negra (III)

No importa lo previsto y detallado de una planificación o cada una de las situaciones que mentalmente se puedan recrear acerca de lo posible que pueda ocurrir. Todo puede torcerse a un nivel inimaginable sin verse venir en cualquier momento, en cualquier instante. Era algo que en esa noche tan diferente de todas las demás experimentaban de una forma única llevándoles a límites insospechados.


Nada les había preparado para afrontar una terrible verdad que les estaba siendo mostrada de forma cruda, sin presentaciones. En un mundo decadente, viejos mitos y leyendas olvidadas estaban cobrando vida, haciendo de los peores terrores ya conocidos meras historias para niños. Como si un nuevo tablero de un macabro juego emergiera junto a nuevas piezas, superponiéndose a uno mucho más viejo de fichas menores y desgastadas.

A una de esas piezas le seguía una marabunta de intensos y constantes crujidos. Se abría paso a través de duras y pesadas ramas, así como de gruesos troncos cuando aparecían en su camino, como si aquel frondoso bosque no fuera más que un conglomerado de finas cañas.

Había cambiado de dirección de forma súbita y ahora era otro el destino al que dirigirse, sin importar lo que se interpusiera, como una estampida de enormes animales llevándoselo todo por delante. Si cualquiera hubiera sido lo suficientemente desafortunado como para topárselo se habría encontrado con una montaña de músculos parcialmente ensangrentada y un par de enormes ojos, muy abiertos, que mostraban una mirada fría e inquietante, acompañada de una determinación fuera de lo común a través de movimientos lejos de la brusquedad o torpeza que podrían esperarse de algo de tal monstruosa apariencia. Arrancó con sus enormes manos unas últimas ramas para dar al fin con un pequeño descampado. Justo enfrente, no demasiado lejos, atisbó al fin su objetivo.


Es de muy pocos conocido el odio existente de los demonios hacia todo lo relacionado con la nigromancia, especialmente cuanto más aberrantes son las creaciones. Ver a humanos jugar con lo que hay más allá de la línea que separa la vida de la muerte bien podría ser juzgado como algo diabólico, pero nada más lejos de la realidad, es visto por estos como una práctica débil donde solo se juega con carne en putrefacción y almas parasitarias de baja vibración (las únicas que se han conseguido atraer en estas artes), desechos de energía espiritual de aquellos que permanecen atados al mundo material después de exhalar el último aliento.

Tras toda una larga historia de experimentaciones que no llegarían a ningún puerto más que al sufrimiento de muchos, a fallidos intentos de horribles consecuencias de crear algún tipo de sirviente o soldado duradero así como de traer de vuelta a un fallecido en sus plenas facultades, se encontró al fin una utilidad para aquellas retorcidas conjuraciones, el uso de las mismas como cebo para atraer a presencias demoníacas. Eso parecía fallar muy poco, para la desgracia en la mayor parte de las ocasiones de los mismos que las intentaban convocar. Pero todo ello no pertenecía más que a relatos de libros viejos y perdidos. Esa noche, lo que estaba en esas olvidadas páginas y narrado con variaciones dependiendo del ejemplar que se tuviera delante, estaba cobrando vida.

Lo que salió al fin de aquel hueco de entre los árboles bien podría hacerse pasar por un hombre de gran estatura, si no fuera por las fuertes piernas peludas e invertidas terminadas en pezuña propias de una cabra, y una perturbadora cabeza propia del mismo animal coronada por un par de retorcidos cuernos haciendo honor a su corpulencia.

Solo se detuvo durante unos segundos antes de continuar hacia una criatura, si se la podía llamar así, que le superaba en tamaño, la misma que despedía una perturbación en el ambiente que solo él pudo captar desde tan lejos. Observó como ésta se acercaba torpe y lentamente a un enorme charco de sangre que destacaba de forma ineludible sobre el manto de nieve. Aquella masa de carne putrefacta, creada por la unión de partes de cuerpos tanto humanos como animales le resultó apenas reconocible, a excepción de las dos prominentes y horribles cabezas de bovino con una considerable falta de carne en ellas y miradas perdidas en la nada a través de neblinosos glóbulos oculares. Al acercarse algo más, un par de destellos propios de un efímero reflejo de luz sobre acero le reveló otros detalles. Los deformados brazos que salían de los dos torsos, unidos entre jirones de podredumbre, portaban hachas de enorme tamaño que no le provocaron intimidación alguna.

Reanudó la carrera. Ni siquiera sus poderosas pisadas producieron sonido a través de aquel silencio antinatural que lo asfixiaba todo, bajo el baño de una luz plateada ligeramente palpitante de una luna oscura propia de otro mundo que se había proclamado reina de aquella noche, robando el brillo de todas las estrellas. Cargó con la única y clara intención que lo poseía hacía largo rato, destripar y rasgar en pedazos aquella inmundicia andante, aquel insulto a las fuerzas que moran más allá del plano del que ahora era un mero visitante y del que poco aprecio guardaba. Luego buscaría a los responsables para hacerles llegar un destino quizá peor, o incluso entretenerse con quien encontrara por el camino.

Para cualquier mortal la visión de aquella aberración sería suficiente para inducir un estado de terror y locura que inhabilitaría cualquier respuesta, aunque existía una pequeña probabilidad para ello si hubiera cerca un hechicero de cierto poder, que siendo lo suficientemente rápido fuera capaz de proteger la mente de los presentes mediante un sortilegio, siendo esto a costa de su propio estado mental por un periodo de tiempo desconocido. Para un demonio, sin embargo, el miedo no existe, al igual que principio de moralidad alguno, o empatía, entre muchas otras cosas. Ve a todo ser viviente (y no tan viviente) como una mera pieza a la que poder usar o manipular a su antojo dependiendo de sus metas y motivaciones, generalmente siempre oscuras.

De un salto descomunal la bestia endemoniada se lanzó de lleno hacia su oponente, que emitía tajos con ambas hachas de forma ciega y aleatoria como si oliera la cercanía de algo a lo que poder atortujar. Le resultó fácil esquivar sus torpes movimientos y clavar sus toscas manos en el cuello derecho, empezando a retorcerlo y tirar de él mientras se tensaban sus fuertes brazos, sin cambiar la mirada de ojos abiertos rezumadora de una tenebrosidad incapaz de ser descrita.

La putrefacta cabeza que intentaba arrancar, casi ya despegada del desmejorado torso que la sostenía, comenzó a berrear de una forma estremecedora y gutural mientras mostraba intensos espasmos que se trasladaron en pocos instantes al resto del cuerpo de la abominación. Ello unido a un desagradable y espeso líquido entre verdoso y amarillento que exhumaba por cada uno de sus orificios de carne faltante, que no eran pocos, le hizo perder el agarre y el equilibrio al atacante y caer en peso de espaldas.

Poco antes de tocar el suelo los destellos de luz que había visto anteriormente volvieron a su campo de visión, esta vez más grandes, esta vez mucho más cerca. En un alarde de fuerza repentina e inusitada la aberración alzó en sincronía ambas hachas y lanzó un potente tajo con ellas, ya no de forma ciega o aleatoria, pues aunque una de las cabezas yacía inanimada colgando sobre el pecho derecho por hiladas de gruesas venas de colores marrones y negruzcos junto a grumos extraños y pestilentes, la otra seguía sobre sus hombros, en el torso izquierdo, y lo miraba directamente.

No hubo oportunidad para reaccionar incluso para un ser como él. Un tremendo chasquido precedió a un brote de sangre, pero no lo acompañó reacción de dolor alguna. El demonio dio la vuelta sobre sí mismo hacia su lado derecho pareciendo ignorar que su antebrazo izquierdo había sido cercenado de cuajo para luego incorporarse rápidamente.

No tardó en cargar de nuevo extendiendo esta vez el brazo derecho hasta incrustarlo en el abdomen izquierdo de su oponente, estrujando su interior a través de masas gelatinosas de órganos putrefactos. Continuó hurgando con dificultad durante breves instantes a causa de los violentos espamos de aquel engendro hasta que dio con lo que buscaba, la columna vertebral. La agarró firmemente y la torció hasta romperla, comenzando a tirar hasta arrancarla a través de desagradables sonidos de desgarro, crujidos y filtración de oscuros líquidos entre intentos de horribles berridos, llevándose con ella el cráneo de la cabeza que la unía dejando atrás toda la carne deshecha que la cubría. Dio unos pasos hacia atrás mientras observaba como al instante su oponente comenzó a tambalearse hasta caer hacia atrás, siendo ya nada más que una visión horrible e inanimada.

Aquella pila de calamidad parecía una materialización de lo peor de la humanidad, como si la corrupción, la mentira, el abuso, y los actos más horribles se hubieran encarnado en una forma tan retorcida como esos propios orígenes. Pero ese pensamiento no se paseaba por la mente del impasible demonio, sino en otra muy diferente que permanecía expectante.

Desde lo más alto, entre la negrura del cielo, el ángel oscuro que había sido enviado para adelantarse en la búsqueda de Aodren había estado observando atentamente el comportamiento del demonio desde que llegó, sin quitarle la vista de encima, ya apenas empezado el enfrentamiento. Intentaba calcular las probabilidades de que en realidad el astado fuera el brujo después de haber conseguido terminar la poderosa invocación que había captado su grupo.

Habría intervenido al verse en ventaja contra un oponente ahora desgastado y falto de un brazo de no ser por otra presencia que también había detectado que merodeaba por entre los árboles del fondo, sabiendo que esta también le observaba tanto a él como a todo lo que allí estaba pasando. Ambas entidades parecieron formar una realidad superpuesta e imperceptible, con una vigilancia mútua que creaba un hilo tensado hasta su límite.

La extrema desconfianza le hizo mantenerse a una distancia más que prudente esperando el siguiente movimiento en el tablero. Allí abajo, el vencedor que se encontraba en un estado contemplativo y extraño giró a su izquierda dejando caer el cráneo que aún sujetaba, alzando la vista justo hacia donde se encontraba aquel portador de negras alas, para sorpresa de este último. Era imposible que le hubiera detectado, pero allí estaba, mirándole fíjamente como si de un autómata se tratase. Se aseguró de que estaba siendo observado viendo como le seguía con la mirada mientras cambiaba de posición volando con cierta suavidad, evitando movimientos demasiado bruscos. La pregunta del por qué y desde cuándo supo que estaba allí comenzó a carcomerle.

La pieza que aún no había salido de su posición de inicio entró en juego. Dio unos pasos al frente saliendo de entre los tupidos árboles que la mantenían parcialmente oculta acercándose al demonio desde su espalda, pasando casi a su lado hasta quedar ligeramente por delante de él, quien parecía ignorar su presencia por completo.

Los sentidos del ángel negro cambiaron su posición de relajación por una de mayor alerta, captó al instante como aquello sin identificar le miraba de la misma forma, solo que con una mayor determinación aun sin distinguir ojos ni detalle alguno, fue una sensación que penetró en él perturbándolo enormemente. ¿Cómo era posible que no pudiera distinguirlo mientras que al demonio sí?, ¿y la falta de reacción de este último?, estas y otras tantas preguntas formaron un mar de tormento sin ningún faro de respuesta a la vista. Mientras, allí seguían, observándole como estatuas.

Decidió descender un poco llevando un gesto de rabia consigo. Necesitaba ver, necesitaba saber. Sin embargo después de unos instantes algo no empezó a ir bien, la presencia se tornaba cada vez más difusa conforme más se acercaba a ella. Llegó un momento en el que ya no era él quien continuaba descendiendo en diagonal, sino un intenso sentimiento de curiosidad que lo había poseído, el mismo que le estaba haciendo perder el control sobre sí mismo haciéndole sentir caer por un oscuro pozo en cuyo final yacía algo terrible. Pero necesitaba ver, necesitaba saber. Y se acercó más, y más, hasta que de forma torpe y repentina el contacto de sus pies con el suelo le hizo tambalearse, mirando sorprendido hacia los huecos de sus pies entre la nieve sacándolo del leve estado hipnótico al que parecía haberse visto arrojado.

Alzó la vista al frente y la visión le impactó poniendo tenso cada músculo de su cuerpo. La borrosa e indefinida silueta ya no estaba allí, en su lugar le contemplaba un ser que parecía cargar con la conjunción de dos mundos muy distintos. Sobre un cuerpo desnudo, humano, de complexión normal sin demasiada corpulencia, una cabeza mostraba signos de una imposible convivencia de fuerzas.

Por un lado, muy similar al demonio que aún permanecía mirándole desde el mismo sitio sin mostrar reacción alguna, le sobresalían de la parte superior del cráneo un par de robustos cuernos de carnero, aunque estos se enroscaban hacia abajo sobre sí mismos. Por el otro, más cerca de la frente, dos enormes astas de ciervo prolongadas hacia arriba en casi perfecta simetría. Con estos últimos parecía encajar parte del rostro, predominantemente humano pero con rasgos y ojos propios del mismo animal que transmitían una mirada lejos de ser pacífica y tranquila. A través de un destello rojizo y perturbador penetraban haciendo sentir al observado que estaban siendo oteados sus rincones más ocultos. 

En aquel ser, en resumidas cuentas, parecía cohabitar una fuerza diabólica y una encarnación de la propia naturaleza.

El ángel, profundamente confuso, se dio cuenta mientras lo analizaba que en ocasiones tras un simple parpadeo su cuerpo humano bien se le mostraba masculino, mientras que en otras, femenino. Mientras cavilaba sobre si solo estaba contemplando una retorcida ilusión, el portador de plumas negras decidió hablarle sin perder la firmeza.

¿Qué clase de demonio tengo frente a mí?
¿Demonio? —su voz sonaba doble, como si un hombre y una mujer hablaran a la misma vez, aquello a lo que teméis lo veis por todas partes.
¿Qué es lo que eres?
Soy quien has venido a buscar, pero a la misma vez soy algo más respondió mientras se observaba la palma de sus manos—. Intenté traer algo en un momento de desesperación, confiaba en controlarlo aún existiendo el riesgo de que lo que anda siempre vigilante intentara colarse por ese canal abierto. Eso que tú y los tuyos querríais aseguraros de que se manifestara de pleno realizó un repentino y rápido movimiento con ambos brazos, ascendiendo sus manos con fuerza como si levantara un enorme peso invisible. Se crearon mudos crujidos bajo los pies de su interlocutor de los que nacieron gruesas raíces que le inmovilizaron por completo, no sin cierta dificultad—. Sin embargo continuóla semilla druídica implantada en mí ha debido de reaccionar, manifestándose, deteniendo parte de la posesión que ya se abría paso.

Una carcajada salió de la boca del ángel, retorciendo el ambiente.

Eres algo fascinante. Compadezco el limbo en el que te encuentras mencionó sin parecer importarle demasiado su propia situación.
Mi mente arde a un nivel lejos de la comprensión las raíces apretaron a su presa más fuerte aún. Aodren, o quien quiera que estuviera más allí, ya no le observaba directamente desde hacía rato, parecía hablar más para sí mismo que para él, como si este fuera algo insignificante—, en mi interior yace una guerra espiritual que no estoy seguro de poder contener. Pero volviendo a lo que nos ocupa, no puedo retenerte durante demasiado tiempo, y no puedo dejarte marchar. Eres una potencial amenaza para quienes me acompañaron hasta aquí, por lo tanto eres un problema. Por alguna extraña razón tampoco puedo acabar contigo realizó una pequeña pausa observando de nuevo sus manos—. Aunque él sí.

Se apartó ligeramente y permitió avanzar al mismo demonio que había permanecido todo el tiempo a su espalda en la misma posición sin reaccionar. Ahora el andar y mantenerse en pie lo hacía con una considerable dificultad. Al igual que hiciera en su anterior encuentro, aunque con más calma y lentitud, aquella bestia extendió su brazo derecho incrustándolo en el pecho de su indefensa e inmovilizada víctima, la cual aún mantenía viva una expresión de extraña fascinación. No tuvo más tiempo para plantearse preguntas sobre lo que estaba presenciando. Su grito rasgó un cielo que volvía paulatinamente a estar estrellado, dando paso a un desgarrado alarido de dolor.

Mientras la bestia estrujaba con desprecio un corazón negro que no tardó en ser extraído como si de una fruta se tratase, Aodren comenzó a realizar ciertos movimientos con sus manos en dirección a la enorme bestia formando algo similar a una cruz invertida en el aire. Para cuando aquel oscuro y deshecho fragmento tocaba el suelo fundiendo al instante la nieve a su alrededor, el cuerpo del demonio comenzó a arder y a desintegrarse violentamente dejando solo una pila de humeantes y sucios huesos. Tampoco reaccionó en esos últimos instantes, dejando tras de sí el olor a carne quemada.

Ese último hechizo solo se podía realizar si se cumplían dos condiciones, un objetivo enormemente debilitado que permanece bajo la posesión del conjurador. Realizarlo le consumió las pocas fuerzas que le quedaban, dejándolo desfallecido. La parte druídica y demoníaca que luchaban en su interior por hacerse con el control comenzaban a abandonarle a través de la misma puerta por la que habían entrado en él, una puerta que ahora una vez abierta le mostraba nuevas visiones, pero que jamás volvería a cerrarse.

Su parte humana volvía, y con ello las mismas heridas, pero empeoradas, y un estado mental severamente afectado. Su sangre roja emanó de nuevo, empapando el manto blanco de su alrededor esta vez más rápido que antes de consumar la segunda conjuración, poco después de pedirles a los demás que se fueran.

La realidad sobre los hechos que habían llevado a lo ocurrido esa noche volvió poco a poco a su memoria. Su obsesión por estudiar, capturar y doblegar a un ángel negro para obtener más conocimiento de ellos le llevó a urdir un plan. Ni siquiera sabía si su existencia era cierta más allá de lecturas de viejos y olvidados libros de dudoso origen, de los que lo único que había sacado en claro era que supuestamente vigilaban las grandes perturbaciones en los tejidos de múltiples realidades y aparecían en la fuente de estas con pretensiones desconocidas. Pensó atraerles realizando una invocación de cierto poder, trayendo a un hombre bestia, sin preveer la posibilidad de perder su control en tan corto espacio de tiempo.

Necesitó seguirle el rastro al demonio cuanto antes y para ello contó con la ayuda de Ceneo haciéndole creer que iban tras un contrato sin demasiada importancia pero bien recompensado, otro monstruo a cazar como otros tantos que ya habían perseguido. Por otra parte contrató a un practicante de artes nigrománticas para que creara un cebo adecuado que pudiera atraer, desgastar y debilitar al demonio, así podría recobrar su control y al mismo tiempo evitaría que vagara más lejos causando horribles actos a su paso.

Pero no importa lo previsto y detallado de una planificación o cada una de las situaciones que mentalmente se puedan recrear acerca de lo posible que pueda ocurrir. Todo puede torcerse a un nivel inimaginable sin verse venir en cualquier momento, en cualquier instante.

Ceneo avisó a Gwenn para que les acompañara sin él saberlo, apareciendo en la taberna casi a última hora. Por otra parte, algún grupo del mismo pueblo, cazarecompensas o conspiradores de poca monta que viajan constantemente en busca de víctimas verían en el brujo una oportunidad única. De alguna forma se las apañaron para dejarlos sin sus armas principales, verter alguna clase de veneno debilitador en la comida o bebida, y ser ayudados por la pieza clave de aquella confabulación, el traicionero nigromante. Él se encargaría de rematarlos en el bosque procurándose alguna recompensa mayor y quién sabe si usar sus cuerpos para oscuros fines.

Cuando Aodren empezó a darse cuenta de que nada iba como debería ya era demasiado tarde, su única opción para arreglar aquel desastre era un sacrificio que le llevaría al borde de una posible muerte segura, un camino de no retorno, una segunda invocación mucho más peligrosa al necesitar usar su propio cuerpo como canal.

Era consciente de que otra invocación en un espacio de tiempo tan corto de diferencia después de realizar una abriría más aún la puerta que lleva a otros planos. Con ello, la entidad que persigue poseerlo estaría más que al acecho y tendría una mejor oportunidad. Por su mente pasó la idea de acabar consigo mismo si notaba perder demasiado el control. No había otra salida.

¿Cómo se podían haber torcido tanto las cosas?, se preguntó, ¿cómo pudo acabar aquello así?, arriesgar cosas tan importantes, poner en juego cosas por las que luchaba, todo aquello en lo que amaba, ¿hasta qué punto era dueño de sus propias decisiones?

Se atormentó por el recuerdo, que ahora le llegaba en forma de flashes y a modo de consecuencia por haber retomado el control de una criatura tan despiadada que había estado desatada, de ver y sentir todo el dolor derramado por ésta en el momento que había masacrado a una familia en una casa de campo al otro lado del bosque. Fue cayendo paulatinamente en un estado de inconsciencia. Antes de cerrar los ojos pensó que quizá, los que le vigilan, tienen razón, y deben acabar con él cuanto antes.

La luna negra comenzaba a desvanecerse disminuyendo su tamaño, la misma luna cuya aparición anunció la cacería que lleva su nombre y que no acabó bien para aquellos misteriosos seres alados. El manto de silencio antinatural que oprimía aquel entorno, a excepción de todo sonido nacido del dolor, el miedo o el sufrimiento, se diluía, dejando salir a flote el habitual soplar del viento y algunos animales nocturnos en la distancia, junto a pisadas en la nieve no muy lejos de allí.

Eran las pisadas de Gwenn y Ceneo, bastante recuperados en apariencia, que cargaban con Erathia por ambos lados ayudándola a caminar. Los tres portaban rostros cansados, y desencajados, pues habían presenciado desde una distancia prudente los últimos instantes de lo que había sucedido en aquella planicie.

Se acercaban hacia el moribundo cuerpo, ya todo había terminado. Aunque la cuestión que flotaba en el ambiente era quién de ellos estaría dispuesto a ayudarle, o considerarlo como algo demasiado peligroso y fuera de control a lo que se le necesitaba poner fin allí mismo.