jueves, 9 de marzo de 2017

Inveniam viam

Allí estaba, intimidante, erguido sobre su enorme tamaño como si quisiera tocar el mismísimo techo del mundo. Yo había llegado con el mismo objetivo, pero mi intento palideció al lado del suyo, como el de un pobre pajarillo que mueve sus alas apenas comenzando a aprender a volar mientras observa a los mayores surcar el cielo con gran maestría. Es difícil no sentirse empequeñecido a un nivel difícil de describir. Estar a su lado fue una experiencia buscada y digna de ser vivida, precedida por un ascenso durante el cual cada paso desde el comienzo hizo aumentar la sensación de estar en un viaje místico en cierta manera.

El aire que llenan los pulmones allí ha sido el más puro que he respirado nunca, despejando la mente, los pensamientos y los sentidos con cada aspiración, como una máquina a la que se le suministra un combustible limpio y renovado que la hace funcionar tal y como debería desde su diseño original. A lo lejos no tardé en contemplar a las nubes acariciar las cimas de otras montañas para luego precipitarse por los grandes valles, nubes que cada vez quedaban más bajas a la vista conforme continuaba el sendero, pues literalmente me encontraba por encima de ellas. Algunas partes del tramo son cómodas, caminos de piedra acomodados para el caminante, mientras que otras partes del mismo invitan a subir con calma y cuidado.

La altura es tal que el trayecto atraviesa dos zonas casi tan distintas entre sí como el día de la noche dependiendo del lado del monte por el que se esté cruzando. El recorrido inicial apareció tranquilo, lleno de bonitas flores junto a un ambiente calmado bañado por el sol del mediodía. La otra parte, sin disminuir en belleza, estaba poblada por capas sombrías, oscuras cuevas, y de cara a fuertes vientos que hacían danzar a los incontables pinos mientras entonaban su característica melodía. Una melodía que hace entrar en un ligero trance e infunde respeto hacia posibles peligros de mal tiempo que puedan estar al acecho. Como ambas caras de una moneda todo aquello me pareció un viaje por el lado luminoso y oscuro de uno mismo y de la vida.


Un sentimiento de comunión con la propia naturaleza y conmigo mismo predominó al ir ascendiendo aquellas escaleras naturales de rocas y piedra que conectan con el mismísimo cielo. Mientras mi imaginación volaba sin control alguno me llegué a preguntar si hasta allí habrían llegado los guanches, los aborígenes que dominaron estas islas, y qué clase de rituales habrían practicado, así como si también llegó a pasearse entre las sombras de aquellos enormes pinares el Tibicenas, un misterioso animal de la mitología canaria al cual se le atribuía procedencia demoníaca. Su presencia fue descrita de la misma forma en todas las islas, recibiendo en cada una de ellas un nombre diferente, como Iruene en La Palma o Hirguan en la Gomera. Era mencionado como un perro de enorme tamaño, un pelaje negro como la propia noche y ojos intensamente brillantes. Como si su naturaleza fuera de otro mundo, al correr sus extremidades no llegaban a tocar el suelo, y se desmaterializaba con la misma facilidad con la que aparecía, de forma repentina, para atacar a cualquier desafortunado que llegara a encontrárselo.

Una rampa rocosa lleva al final del ascenso, que no del camino. Con cuidado de no dejar un tobillo o una rodilla en el intento, un pasadizo de paredes y escalones transmiten aires de mitología griega junto a un sentimiento de estar en la antesala a un lugar fuera de lo común, como una puerta en el cielo que aparecerá ante nuestros ojos de un momento a otro. Una enorme meseta se abre ante el caminante en ese momento, como si una parte importante de la cima hubiese sido cortada limpiamente, y al fondo de la misma se encuentra él, como rey de la montaña, un guardián de los valles y puente entre la tierra y las estrellas. El Roque Nublo, el punto más alto de Gran Canaria, un continente en miniatura propio de un bello fragmento del paraíso.

Muchos paran a descansar allí, entre los que me incluí, en silencio, absorto por la grandeza del paisaje circundante, a tanta altura que se puede contemplar las principales aldeas de cada punta de la isla incluyendo el sur junto a sus magníficas playas, el faro, y las dunas, así como diversas presas, barrancos que han parecido ser esculpidos por gigantes, mares de nubes e incluso la isla vecina. Al acercarse para admirarlo hay que extremar el cuidado, pues su trono lo rodean puntos muy próximos a riscos con caídas libres de distancias cuyo final apenas aparece visible. Mientras lo observaba fijamente me pregunté cuántos rostros de visitantes habrían contemplado sus rocosas paredes.



Después de un viaje a través de la luz y la sombra, como si de una evolución trascendental se tratase, se termina superando esa travesía para alcanzar un estado de elevación que permite observarlo todo desde la distancia y ganar una nueva perspectiva en un nuevo estado de conciencia. Una pequeña iluminación, un pequeño sorbo de la mismísima copa del Grial, antes de que los ángeles y los demonios personales vuelvan de su ausencia temporal.

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