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El viaje más largo

Días extraños, escribí hace un tiempo. Ese tiempo que camina inexorable en una sola dirección a velocidades cambiantes. Tiempos extraños, tiempos en busca de un autoconocimiento y un sentido de la existencia escurridizos, como un camino enormemente accidentado bajo unos pies cansados que se detienen de vez en cuando para intentar recuperarse antes de continuar la marcha. ¿Pero es ese camino realmente así, o es algo moldeado por la mente? ¿A dónde lleva?

Son ya un buen puñado de años, desde muy niño, leyendo y estudiando con avidez todo cuanto captase mi interés y me aportara conocimiento. Todo comenzó con la mitología, de la cual siempre recordaré intensamente como si fuera ayer esos primeros instantes maravillado por las páginas de aquel gran y pesado libro (que aún conservo), de noche, bajo una suave luz anaranjada en el salón principal de la que era mi casa por aquel entonces (de cierta antigüedad, de esas que transmiten cierto aire de misterio en cuanto cae el sol), que narraba las historias de criaturas imposibles junto a las hazañas y los tormentos de héroes desafiando a la imaginación, relatos acompañados de ilustraciones de cuadros y esculturas de épocas clásicas que intentaban dar vida a aquellos textos.


Pronto mis áreas de interés se expandieron a otros temas como la astronomía, todo lo que estuviera más allá de nuestro planeta en ese infinito cosmos que pensaba que guardaría las respuestas a todo y a la misma vez me llenaba de nuevas e intrigantes preguntas. Luego vinieron las religiones, el arte, la ciencia, la historia de la humanidad en su conjunto, la filosofía... más recientemente la psicología englobando al ser humano y su complejo comportamiento, interés en particular que me llevó a estudiarla después de haber pasado por ciertas vivencias personales y por su uso en la ayuda y la comprensión del funcionamiento de la mente a un nivel más profundo y profesional. El estudio del alma, como bien dice el significado de su palabra.

Cada vez que en mis momentos de reflexión he hecho una vista muy general de todos esos conocimientos (que no he cesado de absorver) junto a mis experiencias a lo largo del tiempo no ha sido difícil el darse cuenta de que la vida es una sucesión de ciclos que se vienen repitiendo a través de las generaciones y que la única constante es el cambio. Sin embargo un detalle importante es que aun perteneciendo todos a una misma especie cada uno de nosotros es fascinantemente único, al igual que cada forma de experimentar y ver la vida, pudiendo existir verdaderos abismos de diferencia de un individuo a otro. Somos como semillas que germinan constantemente, cada una especial a su manera, en un periodo de existencia tan efímero que parece un simple suspiro. Nacemos sin ser consultados, vivimos, y luego fallecemos sin ser consultados tampoco.

Desde que surgió el uso de la razón he tenido la sensación de sentir la vida como un viaje ilusorio, como si estuviera en ella de paso. Una sensación similar al bajarse de un tren en una estación y lugar que no se conocen y se comenzara a explorar, sabiendo que en el momento señalado tocará volver, aunque sin saber a dónde, cómo ni por qué.

Esas tempranas ideas me fueron llevando a la convicción de que la existencia debía tener unas metas basadas en el aprendizaje constante, el maravillarse por los misterios, conocerse a uno mismo, intentar ser mejor persona cada día a través de la evolución personal desarrollando y siendo fiel a ciertos valores, las relaciones interpersonales, corregir en la medida de lo posible los defectos... Al no dejar de plantearme cuestiones no tardaron en surgir otras inquietudes, y es que aunque bien es cierto que nuestras acciones y pensamientos moldean nuestro entorno a diferentes niveles dependiendo de las circunstancias y otros tantísimos factores, había algo que parecía no tener sentido alguno, ¿a dónde van luego todo ese aprendizaje, esa evolución y esa conciencia?, ¿a un sueño infinito?, ¿a la nada?

La muerte supone un concepto que parece ignorarse en nuestra sociedad actual hasta el punto de hacer ver que practicamente no existe salvo cuando nos visita y que no convivimos con ella a cada momento formando parte de la vida. Siempre me ha planteado interés y preguntas, pero nunca la había tratado tan de cerca hasta que asistí a la partida de un familiar muy cercano junto a la vivencia de primera mano de sus últimos periodos de vida. Fue una etapa realmente dura y delicada tanto física como mental y emocionalmente que apenas he tenido oportunidad de compartir de modo catárquico.

Cada acto por nimio que sea perdura en la eternidad, se queda el amor que ha dejado atrás junto al recuerdo de si quien se ha ido era buena persona o no, algo que queda impregnado como una idea o un pensamiento. ¿Pero qué hay de los que se van o han sido forzados a marcharse con un rastro en el olvido?, ¿ese rastro acaso no cubre igualmente a todos por igual después de generaciones salvo personajes históricos en los que su propia historia puede estar incompleta o manipulada a niveles desconocidos?

Hoy día se es más consciente del dolor y el infierno de incontables formas diferentes que viven y han vivido miles de personas (y seres vivos en general) a lo largo del mundo y de la historia a través de conflictos armados, enfermedades terribles, abusos difíciles de concebir, la violencia y el daño al indefenso o al diferente, de cómo el que posee rasgos psicopáticos puede ser peor que cualquier monstruo de ficción y ser la esencia más pura del mal, y cómo ante ese mal tan horrible ni siquiera los niños, esas semillas de inocencia y luz pura, están a salvo. Pensar en ello durante solo un instante basta para que se resquebraje el alma en sentimientos de rabia e impotencia.

¿Acaso tienen la existencia y nuestra conciencia un propósito en el universo?, ¿existen otros lados de la realidad que escapan a nuestros sentidos y nuestro entendimiento y verdaderamente hay algo más allá de la química y la maquinaria biológica o solo me dejo llevar por todos esos pensamientos trascendentales por la necesidad de buscar un sentido a ciertas cuestiones como impulso tan característico del ser humano?

Me planteo cosas al fin y al cabo que ya se han planteado muchos desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer. Sigo pensando que las respuestas deben estar en los detalles más simples y más cercanos a la naturaleza, que lo material es efímero mientras que el amor pervive, tanto para bien como para mal junto con su gozo y su sufrimiento. Tengo mis razones para contemplar seriamente la trascendencia como una posibilidad importante manteniéndome, sin duda, ajeno a las religiones (las cuales se han desvirtuado y convertido en instrumentos de manipulación y poder) y cualquier tipo de creencia dogmática (siendo todo esto otro tema que daría mucho para hablar, como mínimo para otro monólogo igual o más largo que este).

Me inclino a pensar que hay algo más, que no todo se reduce al cuerpo físico, en la muerte como un puente en vez de una infranqueable pared. Al cruzarlo quien estuviera listo podría dar un salto para continuar con su evolución en otro estado o nivel diferente e incluso reencontrarse con otros semejantes que también ya lo hubieran hecho, así como con quienes ya se hubieran establecido fuertes vínculos emocionales.

La física cuántica menciona que el universo parece asemejarse más a un gran pensamiento que a una gran máquina, y es una frase que resume muy bien mis ideas. Quizá encontrarse a uno mismo mientras se aporta a nuestra manera lo mejor posible al fragmento de este mundo que nos ha tocado vivir sea el único sentido que se necesite saber.

Aunque ese mundo parezca carecer de él en tantas ocasiones.