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Crónicas de Aodren: El retorno de Ceneo (II)

El casi inaudible jadeo de un cansancio repentino hacía mella en su mente, revelándole para su sorpresa que se encontraba más agotado de lo que podía imaginarse. Se detuvo para hacer una pausa en el camino apenas comenzado, pensativo y exhausto. Un pequeño montículo rocoso no demasiado abrupto le ofrecía un buen lugar donde sentarse. Tras apoyar la pesada hacha de doble filo en un árbol cercano, sin pausa alguna (pero sin excesiva premura) dejó el pesado escudo en el suelo cerca de sus pies para a continuación liberarse del torso de su armadura, el cual colocó con cuidado a su lado.


Los últimos rayos de sol del día impactaban en dichas desgastadas piezas de acero, creando mallas uniformes de brillante luz que parecían moverse de forma caprichosa, animadas por las sombras proyectadas a partir de las hojas que danzan desde las ramas unos metros más arriba. Observó detenidamente dichos reflejos durante unos minutos, como hipnotizado, a través de las ranuras del yelmo aún sobre su cabeza. Sin embargo su mirada en realidad permanecía perdida mucho más allá, al igual que lo estaba su mente. 

(ilustración por jerrre)

Sintió como su cuerpo era acariciado suavemente por una brisa que en ese momento se paseaba ascendiendo por la pequeña montaña rocosa, y el paso del sofocante calor sufrido horas antes a un agradable fresco propio de la antesala a una fría noche le despertó del pequeño trance.




Ya vuelto en sí mismo, ahora sus ojos inspeccionaban detenidamente su cuerpo, con una determinante antención en la zona del pecho y el estómago. A causa de una preocupación latente no manifestada, buscaba heridas superficiales (o alguna de existencia poco probable pero mucho más preocupante) como causa de lo que le estaba consumiendo tanto.

Revisando varias veces para asegurarse, solo se le mostraba ante su tacto y su vista sus músculos algo sucios de polvo y rastros de sudor serpenteantes como pequeñas víboras transparentes en busca de una presa desconocida. Ni rastro de sangre, ni rastro de herida alguna. Lo último que podría sospechar, y de lo que se percató pocos instantes más tarde, es que la herida no se encontraba en ninguna parte de su cuerpo, sino en su mente.

Extrañado a la par que sorprendido, desenvainó su espada larga (la cual acompañaba siempre como arma secundaria a la flamante hacha), y sujetándola firmemente con su mano derecha mientras se acercaba su empuñadura, dejándose hipnotizar de nuevo. Esta vez en el reflejo de luz naciente desde la afilada hoja, en esta ocasión algo más puro sin sombra alguna proyectada. Una luz sin embargo mucho más tenue que la vista anteriormente sobre el escudo y la pechera.

Mientras intentaba comprender lo que le ocurría, observó cómo esa luz se fue apagando lenta y paulatinamente dejando paso a brotes de oscuridad que apenas comenzaban a germinar, como signo que pregona la muerte del atardecer.

Una luz que al igual que él, se debilitaba y parecía perderse.