sábado, 1 de noviembre de 2014

La noche de los finados

Ya comenzaba a anochecer, y el ambiente de la fiesta se empezaba a quedar algo más tranquilo. La alegría inundaba el entorno, todos cantaban, reían y charlaban cerca de unas pequeñas fogatas encendidas muy recientemente. La ligera algarabía que flotaba en el aire se entremezclaba con el chisporroteo de las llamas, las cuales danzaban su propio cántico como queriendo formar parte también de aquel momento.

Él, ya algo agotado, estaba a punto de marcharse. Aunque algo en su interior le llamaba fuertemente para seguir disfrutando de aquellos instantes y saborear la noche que ya había cubierto con su manto aquel recóndito paraje, quería descansar lo suficiente para despertarse temprano a la mañana siguiente.

Pero justo al pasar cerca de una de las hogueras, apareció ella. De rostro muy bello, con una expresión alegre, grandes ojos oscuros y un precioso pelo largo de color negro azabache, el cual parecía respirar fuego al reflejar de forma suave y palpitante el vivo color de las llamas cercanas. Lo miró fijamente, y sonrió. Una sonrisa llena de magia y dulzura que llegó hasta lo más profundo de su alma, a un rincón de su ser donde nadie había llegado nunca antes. Acercándose pausadamente sujetó sus manos, y sin mediar palabra, empezó a guiarle en unos pequeños pasos de baile.

(ilustración por b2rianls)

Y allí bailaron durante largo tiempo, un tiempo que bien podría haber significado lo mismo un segundo que varias horas. Sin intermediar palabra alguna, los movimientos conjuntos de sus cuerpos animaban sus oscuras siluetas, salpicadas por pequeños tonos rojizos que parecían cobrar vida propia especialmente cuando acariciaban el rostro de ella. Parecían querer quedarse navegando en su piel cerca de sus ojos y sus labios, dejando el resto del cuerpo en la sombra.

Después de esos instantes en los que él sintió sensaciones positivas difíciles de describir con palabras, la chica se paró de repente. Los sonidos de las personas que les rodeaban volvieron a sus oídos, así como el chisporroteo de las fogatas. Hasta ese momento, nada ni nadie había parecido existir sin ser ella.

Le hizo algunos gestos de complicidad. Aunque no sabría explicar el cómo, supo que le decía que debía marchar a casa. Ante la intriga de si la chica sería de por allí, pronunció las primeras palabras que romperían el silencio que entre ambos había permanecido inalterable, sin dejar de existir cierta comunicación entre ambos.

-¿Vives cerca? Si te parece bien me gustaría acompañarte durante el camino. Se ha hecho realmente tarde.

La preciosa joven sonrió. Supo al instante que el instinto protector de él no permitiría que andara sola por los caminos a esas horas. Realizó unas leves señas con su mano derecha hacia una zona cercana y ambos partieron a paso lento.

El trayecto resultó ser un poco largo. Un trayecto únicamente poblado por los sonidos de la noche, una oscuridad decorada por pinceladas de luz de unas pocas estrellas, alguna mirada cómplice mútua, la agradable compañía que existía entre ambos, y un instante en el que el chico cedió su chaqueta a ella para arroparla y guarecerla del frío que se empeñaba en colarse en sus cuerpos para robarles el calor. Al igual que había ocurrido durante el baile, ni una palabra se llegaría a cruzar entre ellos.

Finalmente llegaron a su destino y él esperó cerca mientras ella avanzaba hacia su casa, no sin antes despedirse con un cariñoso beso en la mejilla. El cuerpo del chico llegó a sentir de forma repentina un intenso calor en ese instante, un calor de vida que se le hizo más intenso que el de las propias hogueras cuando estuvo justo al lado de aquellas llamas momentos antes.

Vió a lo lejos como una puerta parecía abrirse, arrojando algo de luz en ese punto no muy distante bañado en negra oscuridad, y la joven entrando en ella para luego cerrarse y desaparecer. Aliviado de verla sana y salva en casa, partió raudo hacia la suya. En pocas horas tenía que estar en pie.

Al día siguiente se despertó con una enorme energía a pesar de haber dormido pocas horas. Seguía recordando el rostro de la muchacha y lo agradable que había sido el tiempo compartido juntos. Enseguida un pensamiento vino a su mente como un rayo, se incorporó en la cama como movido por un resorte.

-¡Vaya! -gritó hablando consigo mismo-, olvidé pedirle mi chaqueta de vuelta.

Sonrió como hacía años que no lo hacía.

-Bueno -pensó-, tendré que pasarme por allí, no es una mala excusa para volver a verla.

Tardó poco tiempo en prepararse y ponerse en marcha. Instantes más tarde, los cuales le parecieron casi eternos, ya estaba delante de la casa de ella.

Tocó en la puerta. Una señora mayor vestida de negro salió a recibirle.

-¿Qué desea?
-Disculpe, ¿vive aquí una chica joven?
-¿Una chica joven? No. Debe de haberse equivocado.

Mostró una cara de sorpresa, mientras pensativo recordaba que no podía estar equivocado. Estaba seguro de que esa era la casa donde había visto la puerta abrirse, la misma casa donde ella había entrado la pasada noche. Siguió hablando con la mujer dándole detalles de cómo era la muchacha hasta que le invitó a entrar dentro. Llegados a lo que parecía ser un salón, la mujer le entregó una fotografía mientras le dijo.

-Mire, debe de estar usted en un error. Aquí solo vivía mi hija, es la que aparece en la foto.

Miró a la joven que aparecía en la instantánea y su rostro volvió a iluminarse, era sin duda ella. Pero su alegría duraría solo un instante tan fugaz como el de un breve susurro en medio de un largo y espeso silencio.

-Falleció hace poco más de un mes.

Su rostro se tornó desencajado al escuchar aquello. Sin dejar apenas de apartar la mirada de aquella fotografía, fue relatando a la mujer con detalle la noche anterior que había pasado junto a la joven, incluyendo el de la chaqueta que ella se había quedado al despedirse. "No es posible, no puede ser", se repetía una y otra vez.

-Se habrá confundido de persona, estoy segura -su tono de voz dejaba ver preocupación-. Le veo tan afectado que me gustaría sacarle de dudas, acompáñeme y le mostraré donde está enterrada, el cementerio no queda muy lejos como bien sabe.

Los dos partieron en busca de respuestas. Aunque el joven ni siquiera sabía qué preguntas hacerse, pero ella esperaba que aclararía el asunto al llegar allí.

Tras un tiempo que pareció incluso más eterno que el que le llevó dirigirse hacia la casa en un principio, llegaron finalmente al cementerio y dispusieron su rumbo hacia el lugar justo donde yacía enterrada la muchacha. La mujer estuvo a punto de indicarle la lápida exacta cuando ya la tenían casi enfrente, pero la visión de algo hizo que literalmente cayera al suelo de la impresión. Él, viendo lo mismo, no necesitó indicación para saber cuál era la lápida de la chica. Ambos, paralizados por la situación de lo que veían sus ojos, no pudieron mencionar palabra alguna. Ni siquiera apenas moverse, el respirar se había vuelto una tarea enormemente difícil.

Justo sobre la cruz que adornaba la lápida donde estaba enterrada la joven, estaba bien colgada la chaqueta. La misma chaqueta con que él la había arropado la noche anterior.

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