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Sombras y aullidos

Desde lo alto del edificio contemplaba como el cielo destilaba un brillo inusitado aún siendo completamente de noche. Las estrellas se veían enormes y parpadeantes, palpitando como si tuvieran vida propia. Sus tamaños no dejaban de aumentar, daba la impresión de que estaban acercándose cada vez más. Tardé poco en darme cuenta de que me encontraba en mi propia casa, y un enorme sentimiento de temor me invadió por completo, mientras al mismo tiempo una extraña melodía de origen desconocido empezaba a surcar el ambiente.

Cuando decidí bajar a los pocos instantes después, me percaté de que alguien a quien no pude identificar me había estado acompañando permaneciendo a mi lado, una figura borrosa y anónima que se quedó mirando al firmamento con las manos sobre la cabeza. No sabía el por qué, pero algo me decía que debía bajar a toda prisa. Abrí la puerta para llegar hasta el segundo piso y girando hacia la derecha me disponía a bajar por unas escaleras que me llevarían a la planta baja. Dentro todo estaba algo oscuro, con un silencio reinante tan perturbador que penetraba en la mente como el más agudo de los gritos.

A punto ya de bajar los primeros peldaños, algo me hizo detenerme en el rellano. Mi mirada se dirigió al fondo del final de la escalera y logré ver algo que me paralizó por completo. El sentimiento ya no era de temor. Era pánico. Una sombra de forma humanoide, tan negra que destacaba del entorno ya de por sí oscuro, estaba allí inmóvil observándome desde el último escalón, aún sin yo lograr distinguirle su cabeza si es que tenía alguna.


Cuando pude por fin reaccionar, empecé a correr por donde había venido poseído por el terror, quizá con la esperanza de que la persona que había estado a mi lado en la azotea momentos antes pudiera socorrerme de alguna forma. Pero todo empezó a oscurecerse más y más a mi alrededor hasta que no pude ver absolutamente nada, todo se desvanecía consumido en un abismo de negrura.

Instantes más tarde me vi caminando por uno de los pasillos de casa. Sabía que estaba en la planta baja aunque sin conocimiento de cómo había llegado hasta allí. Apenas veía nada a mi alrededor y difícilmente podía orientarme con el pánico aún incrustado en mi cuerpo, pues tenía el pensamiento de que la aterradora sombra que había visto en la escalera aún rondaba por las habitaciones y me estaba buscando fervientemente. 

El ver uno de los cuadros que colgaban de la pared me permitió orientarme mejor y dar con la puerta que conducía a la calle, algo que consiguió aliviarme sabiendo que fuera podría encontrar seguridad, pero fue una sensación que duró muy poco tiempo al oír un susurro con mi nombre proveniente de detrás de mi.


Me giré con la intención de mirar y allí estaba. Era la sombra. Ahora no permanecía inmóvil, corría hacia mi. Abrí la puerta a toda prisa y para mi sorpresa me encontré con que en vez de ver la calle frente a mi sólo se extendía un largo e infinito pasillo de cuyas paredes colgaban algunos espejos. No lo pensé durante mucho tiempo, eché a correr. Corrí como nunca lo había hecho. Estaba convencido de que quería atraparme para convertirme en lo mismo, en que su intención era que yo acabara siendo también una sombra errante y sin vida dejándome arrastrar por la oscuridad para siempre.

Momentos que parecieron ser eternos pasaron, hasta que mis piernas empezaron a fallar abandonándome sin responderme haciendo que cayera de rodillas al suelo, apoyando mis manos en él. Estaba a punto de rendirme y dejarme atrapar por lo que fuera me estuviera persiguiendo. Levanté la mirada y me percaté de que había llegado al final del pasillo, delante de mi se extendía una habitación enorme con grandes ventanales de los que se filtraba una luz plateada. Y justo delante de mi, una figura femenina me miraba fijamente, de la cual no distinguí detalle alguno exceptuando su largo cabello. Intenté incorporarme pero sólo me respondió la parte superior de mi cuerpo, me quedé sentado sobre mis rodillas que aún continuaban clavadas en el suelo. Entonces ella me habló:

-¿Por qué huyes?
-Me persigue algo, algo horrible... -balbuceé torpemente.

Miré hacia atrás en ese mismo instante para intentar localizar a mi perseguidor y no tardé en dar con él. Seguía corriendo hacia mi a través del pasillo pero parecía ir a cámara lenta, ya lograba distinguirle el rostro y en cuanto fijé más la vista algo hizo temblar los mismos cimientos de mi propio ser. Su rostro era el mío, me veía a mi mismo en aquella sombra. ¿Qué significaba aquello?, ¿acaso huía de mi mismo?

Volví rápidamente la mirada hacia delante y la mujer ya no estaba allí, en su lugar había un perro enorme (o quizá un lobo) de color negro azabache al cual sólo se le distinguían unos ojos completamente blancos y unos largos colmillos del mismo color. Me contemplaba, y parecía una visión amenazadora pero sin embargo no me transmitía nada negativo, al contrario. Algo me decía que tanto la mujer como aquella especie de animal eran la misma entidad. Volvió a hablarme:

-A veces en la vida cuesta encontrar la fuerza para seguir adelante, ¿no te parece?. Para levantarse de nuevo cuando caemos una y otra vez. ¿Crees que tienes esperanza?, ¿piensas acabar así?
-¿Quién eres? -pregunté.
-Soy parte de ti. Soy la fuerza que ayudará a levantarte.

Acto seguido se avalanzó hacia mi mostrando los enormes colmillos y aquellos ojos que aunque carecían de pupila alguna sabía que estaban fijados en los míos. No pude moverme, sólo pude ver cómo el animal desaparecía al traspasar mi pecho. Me dejé caer apoyando las manos sobre el suelo esperando sentir algún tipo de dolor, pero fue un calor enorme lo que invadió mi cuerpo. Algo de increíble energía me estaba poseyendo.

Mientras tal sensación seguía intensificándose volví a reincorporarme para saciar mis repentinas ganas de gritar lo más fuerte que me permitieran mis pulmones. Pero de mi garganta no salió grito alguno, si no aullidos. Aullidos tan amenazadores, penetrantes y perturbadores que por unos instantes me causaron más temor a mi mismo que el de la propia sombra de la que huía.


Uno de los espejos que colgaban del pasillo reflejaba mi imagen, pude verme con el cuerpo algo transformado en lo que parecía ser una bestia aún manteniendo la forma humana. Mi rostro, sin embargo, había cambiado por completo. Ahora era yo quien tenía los ojos en blanco, ahora era yo el portador de grandes colmillos y unas fauces terribles.

-Volvemos a ser uno -me susurró la misma voz que me había hablado momentos antes- , ya nadie volverá a hacerte daño.

Al fondo vi la sombra acercándose cada vez más y ya estaba a punto de alcanzarme. Ya no le tenía miedo, una calma interior me mantenía sereno y a la misma vez estaba colmado de una rabia casi salvaje e incontenible que me hizo correr a su encuentro. Justo antes de llegar a ella miré su rostro con detenimiento y ya no vi mi cara en él. Era un rostro diferente, ahora veía a otra persona a la cual reconocí al instante perfectamente.

Me avalancé extendiendo lo que antes fueron mis manos, convertidas ahora en lo que parecían ser garras. La sombra se diluyó nada más llegar a ella, la traspasé como si sólo fuera una débil humareda deshaciéndose en la nada.

Estaba envuelto en un éxtasis demencial. Respiraba con agitación cual bestia desbocada, sentía como si me hubiera arrancado unos pesados grilletes que hacía tiempo aprisionaban mi alma en algún rincón oscuro. El entorno empezó a cambiar y todo a mi alrededor estaba envolviéndose en una luz clara, cegadora y tranquilizante.

Lo último que recuerdo es un desgarrador aullido saliendo de mi, y unas últimas palabras resonando en mi mente, provenientes de la misma voz que ya me había hablado con anterioridad:

-Nada ni nadie podrá hacerte tanto daño como tus propios pensamientos.