domingo, 23 de enero de 2011

Crónicas de Aodren: Más allá de la medianoche

Calles poseídas por la oscuridad. Llevaban consigo una ligera brisa helada, junto con lejanas notas musicales que parecían provenir de algún lúgubre lugar, ahogadas por el fuerte sonido de la lluvia que prevalecía a oídos de cualquier viandante. Era al final de una de esas calles donde se erigía una mansión, propiedad de una de las familias más adineradas de la zona.

Dentro de ésta, la oscuridad había extendido su negro manto y jugaba caprichosamente formando sombras tras unos pocos candelabros distribuidos por los pasillos principales, portadores de débiles y pequeñas llamas en sus velas. Con el fuerte sonido de la lluvia filtrándose a través de las paredes (así como el golpeteo incesante en los grandes ventanales), se creó tal escena que bien pudo parecer que las sombras bailaban al ritmo de dichos sonidos, como si de una danza espectral se tratara.

En la planta baja se encontraba el gran salón. Sus muebles, reliquias de épocas antiguas, no parecían estar en su sitio correspondiente. Estaban completamente pegados a las paredes, dejando un enorme e incomprensible espacio en el centro del habitáculo. En el centro de éste había, sin embargo, una silla. Y en ella una oscura figura sentada, algo encorvada hacia delante y apoyada en un extraño artefacto, el cual emitía un suave destello azabache.

Un leve ronquido rasgó durante unos segundos la tranquilidad. En el centro de la estancia estaba durmiendo la familia al completo, junto a algunas criadas y el mayordomo, el cual estaba amordazado y maniatado al fondo del habitáculo, recostado en uno de los colchones y arropado con una manta. En el frio suelo se encontraban el resto de los colchones de paja en los que reposaban los cuerpos de los demás, así como las mantas con las que se arropaban. Todos menos la enigmática figura de la silla, sumida en un estado alterado de vigilia, sumida en una concentración muy profunda a un nivel sólo alcanzable para unos pocos.

Repentinamente un desgarrado e inhumano grito se oyó a través de las escaleras proveniente de la planta alta de la mansión. Un ruido tan aterrador que parecieron las bisagras de la mismísima puerta del infierno.

Ya nadie dormía, a todos se les congeló la sangre, y fueron presa de un pánico indescriptible. El leve sonido de la lluvia fue sustituido por el agitado palpitar de sus propios corazones. Solo abrieron los ojos, ni siquiera podían moverse. Todos, menos él. Permaneció en la misma postura, sin inmutarse, sin mover un músculo sentado en la silla.

Supo que había llegado su hora. Se levantó agarrando fuertemente su arma y con paso firme se dirigió hacia la escalera. El crujido que sonaba bajo sus botas al pisar los viejos escalones puso más nervioso si cabe a los que estaban abajo.

Cuando llegó arriba solo vio un largo pasillo con puertas cerradas a ambos lados, iluminado únicamente por la plateada luz de la luna que entraba por el ventanal del fondo. Justo al llegar a la segunda puerta por la derecha, se volvió a oir el mismo grito desgarrador, pero esta vez proveniente de la planta baja y entremezclado con gritos de horror.

Dio media vuelta y rápidamente bajó las escaleras. Abajo pudo ver como todos estaban pegados a una de las paredes, totalmente horrorizados y con caras desencajadas. Al fondo de la habitación  apareció una abominable figura humanoide de color grisáceo, la cual carecía de rostro alguno y que parecía retorcerse sobre sí misma haciendo movimientos extraños.

—Subid todos arriba los más rápido que podáis —dijo el hombre con una voz firme y de aparente calma.

Mientras todos subían avanzó hacia la criatura sujetando su arma, esta vez con las dos manos, la cual empezaba a emitir una luz pura y brillante que alumbró toda la estancia.

La criatura tenía a sus pies al mayordomo, el cual apenas pudo moverse al estar maniatado bajo la manta. Lo levantó del suelo agarrándolo del cuello y con un simple gesto lo decapitó. El cuerpo cayó al suelo emitiendo agitadas convulsiones, mientras una enorme cantidad de sangre salió a presión por la zona recién cercenada. El espectro se dio cuenta a continuación de una marca, como un tatuaje, que había detrás de la cabeza del desafortunado. Y pareció estar molesto por ello. A continuación una voz de ultratumba resonó por toda la estancia:

—Vaya, humano, qué ingenioso por tu parte vestir con ropas de mayordomo a este criminal condenado. Mi extrema confianza me ha hecho caer en tu estúpido plan para distraerme de mi verdadero objetivo. Creo que… te gustará… —la criatura empezó a avanzar lentamente, haciendo de nuevo extrañas convulsiones—te gustará saber antes de morir que esos de ahí arriba tendrán un final aun peor que el de este desgraciado.
—Hablas demasiado —dijo el enigmático hombre.

Extendió una de sus manos hacia la criatura y al instante fue golpeada violentamente por unas llamaradas salidas de la nada, inmolando al ser, envolviéndolo en unos rojizos fogonazos similares a los que emite un agonizante sol justo antes de dar paso a la noche.

El abominable fantasma quedó en estado de shock durante unos segundos, tiempo más que suficiente para que el brujo diera un golpe certero con su arma, ahora incluso más brillante que antes, traspasando con ésta el espectral cuerpo y haciéndolo desaparecer entre horribles lamentos pocos segundos más tarde.

Una pequeña bolsa con monedas de oro cayó en la extendida mano derecha del sombrío hechicero varios cuartos de hora más tarde. Solo hubo silencio, ni siquiera palabras de agradecimiento por parte de los demás, solo rostros pálidos y torcidos a causa del miedo aún latente en sus mentes y corazones. El misterioso hombre salió por la puerta principal de la mansión sin apenas inmutarse, con la misma tranquilidad de momentos antes durante el encuentro con el ente del más allá, no sin antes cubrirse con la capucha de su capa para guarecerse del fuerte aguacero que caía sin cesar.

De nuevo bajo la lluvia, en los brazos de una noche aún sin acabar. Caminando lentamente, pero sin detenerse. Intentando fundirse con las sombras, pasar desapercibido y ser uno más de entre muchos. Pero sabía que a esas horas pocos andaban fuera, por lo que las posibilidades de llamar la atención a las patrullas de guardias que esporádicamente pasaban por las principales vías eran mucho menores. Ensimismado en sus pensamientos y con la vista perdida en la neblina que empezaba a formarse, la relativa tranquilidad del ambiente fue interrumpida por el desgarrador grito de una muchacha proveniente de escasos metros adelante. Agilizó el paso en busca del encuentro con lo inesperado. Una muchacha semidesnuda yacía en el suelo, a punto de ser forzada por un guardia nocturno.

—¡Calla, zorra!, sabes que lo estás deseando, te lo vas a pasar muy bien —balbuceba el hombre de armas mientras agarraba a la joven por los brazos e intentaba posicionarse encima de ella, dejando ver bajo su yelmo unos oscuros ojos poseídos por la lujuria y la locura propias de un desalmado.
—¡¡No, déjame!! —gritó la mujer entre sollozos.

Mientras esto ocurría el hechicero ya estaba a las espaldas del guardia, advirtiendo que éste había dejado descuidada su lanza en el suelo a unos metros más allá, apenas perceptible por la densa neblina que había empezado a formarse exceptuando el brillo que desprendía la punta de acero, reflejando unos débiles rayos plateados de la luna de medianoche. Lo agarró por los hombros y con una inusitada fuerza lo lanzó unos metros más atrás ayudándose de su pierna izquierda, dejándolo caer como si un saco de piedras se tratara.

El viejo soldado, desorientado por unos segundos, tardó poco en incorporarse y desenvainar su espada corta apuntando con ella al extraño caminante.

—¿Quién coño te crees que eres mendigo?, te rajaré como a un cerdo, me harás pasar un rato entretenido después de todo, para luego ocuparme de esa desgraciada.

A diferencia de su anterior enemigo este era mucho más ágil y rápido. Mientras hablaba ya su espada cargaba hacia el abdomen del encapuchado, el cual esquivó la tajada como si hubiera adivinado el movimiento de su agresor. En ese mismo instante, su capa se deslizó ligeramente y dejó entrever por unos segundos su extraño artefacto, el cual llevaba atado a su cintura. El soldado, al verlo, se retiró instantáneamente unos metros, escondiendo bajo su casco una expresión mezcla de miedo, asombro y horror.

 —Eres... ¡eres un brujo! Maldito desgraciado, todos los de tu calaña deberíais morir como perros.

Su cuerpo estaba inundado de temor, y apenas podía controlar sus movimientos y pensamientos. Aun así hizo un esfuerzo por cargar de nuevo con su espada en un intento de dar por finalizado cuanto antes el encuentro. Pero ya era tarde, pues en los segundos en los que tardó en decir su última frase y comenzó a dar sus primeros pasos hacia el hechicero éste había entrado en un extraño trance poniendo sus ojos en blanco y nombrando palabras en una lengua de otro mundo.

La sombra de lo que pareció ser un látigo apareció unos metros más atrás de la espalda del soldado, proveniente de una oscura figura femenina y demoníaca a la vez. Lanzado con fuerza, se enrrolló en el cuello del pobre desgraciado y con un rápido movimiento tirando hacia atrás su cabeza se torció hasta hacer un sonoro “crack”. Cuando su cuerpo tocó el suelo, ya era un cascarón vacío.

La joven mujer presenció atónita el espectáculo sin inmutarse, pero poco tardaron sus ojos en cerciorarse de la sombra que dirigió semejante ataque. Horrorizada empezó a arrastrarse hacia atrás, intentando incorporarse, pensando que su suerte no había hecho más que empeorar. Pero unas palabras le hicieron detenerse.

—¡No corras, mujer!, no es mi intención hacerte daño, ¿ya me has olvidado? —habló el hechicero emitiendo una pequeña carcajada mientras levantaba su capucha y dejaba entrever una cuidada perilla, unos oscuros ojos, y un pelo negro azabache atado en una coleta—. Solo tú podrías estar rondando a estas horas por estas calles.
—¡Aodren, eres tú! Debí… debí imaginármelo, he tenido tanto miedo —dijo ella mientras corría hacia él para abrazarle—. Me alegro tanto de verte.

Por unos instantes sintió el cálido y reconfortante cuerpo de ella junto al suyo. Por unos instantes, sintió una enorme paz interior, sintió tranquilidad, amor... hacía tanto tiempo desde que sintió eso por última vez que apenas lograba recordarlo. Pero poco después algo empezó a invadir su propia alma, como si intentara manifestarse. Ella notó que la agarrans cada vez con más fuerza, empezando a hacerle daño. Extrañada, intentó levantar su mirada en busca de los ojos de él.

Cuando alzó la vista comprobó horrorizada como en los ojos del brujo había nacido un fuego que parecía provenir del mismísimo infierno, y en su rostro, una mueca demoníaca y atormentada. Aodren ya no estaba presente.

Horrorizada se logró salvar milagrosamente de los fuertes brazos que la aprisionaban y empujándolo hacia atrás lo dejó caer dándose un ligero golpe con el pavimento. Pocos segundos más tarde empezó a incorporarse con una mano en la cabeza. Ella parecía no tener miedo, algo en su corazón le decía que a su lado estaba más a salvo que en ningún otro lugar, y por otra parte, advirtió que él parecía haber vuelto ya en sí mismo.

Mi cabeza...
—Aodren...
—Llewellyn, perdóname —el hechicero cayó sobre sus rodillas entre sollozos, cubriéndose su rostro con sus manos—, por favor, perdóname.
Pensé que la leyenda que hablaba de tí, tu maldición... eran solo rumores falsos infundados por aquellos que quieren darte caza —habló ella mientras miraba con asombro a lo que ahora parecía ser un hombre desvalido y desdichado.
—Es todo cierto, es por ello que debo mantener alejadas de mí a aquellas personas a las que quiero, sólo mi hermana logra acercarse a mí lo suficiente.

Comenzó a incorporarse y a recuperarse del bajón emocional momentáneo volviendo a la realidad, y miró seriamente a la chica mientras intentaba arrastrar el cuerpo del guardia muerto para esconderlo.

—Debes partir Llewellyn, no tardarán en aparecer otros guardias y si te ven conmigo correrás mi misma suerte.

La chica no quería dejarle, pero sabía que tenía que irse. Antes de desaparecer entre la niebla volvió a dedicarle unas palabras a su salvador.

—Te conozco desde siempre, desde que éramos niños. Sé que por mucha sombra y oscuridad que te intente poseer nada podrá con tu alma, la cual he visto y sé que es pura y está llena de bondad y buenos sentimientos. Alguien, algún día, logrará sanarte, y los días de tu maldición y oscuro pesar llegarán a su fin.

Él pareció no inmutarse, ha escuchado las mismas palabras tantas veces y de tantas bocas, que ha llegado incluso a aborrecerlas. Pero Llewellyn era alguien especial, alguien que nunca dejó de confiar en él. Giró su cabeza para mostrar el agradecimiento a sus palabras, deseando en el fondo verla de nuevo, pero ya era demasiado tarde. Ya se había ido.

Con tales pensamientos en su cabeza sus sentidos se habían nublado por unos instantes, los cuales no fueron capaces de captar unos pasos unos metros detrás suyo. De repente una antorcha apareció de entre la niebla acompañada de ciertos destellos metálicos. Una patrulla de guardias.

—¡Eh, tú! —gritó uno de ellos.

Al potente sonido de un cuerno se le unieron los de espadas desenvainándose y gritos dando órdenes en la lejanía. Los presentes empezaron a cargar para empezar la persecución, pero solo lograron ver una figura encapuchada fundiéndose en la lejanía entre la neblina.

Mientras las patrullas le buscaban en vano por las calles próximas, los primeros rayos de sol comenzaban a rasgar la oscuridad.

Él ya estaba muy lejos, y un nuevo amanecer llegaba a la ciudad.