miércoles, 5 de enero de 2011

Diario de un lobo errante (I)

Acabo de volver de dar un paseo. Tenía algo de sueño pero no me apetecía nada meterme en la cama hasta quedarme dormido. Me encanta pasear de madrugada, sobre todo cuando hace una noche espléndida por aquí (que suele ser la mayoría de las veces). Quizá un poco de frío, normal por estas fechas, pero nada que no se puede sobrellevar perfectamente con un buen abrigo. Lo primero que se me pasa por la cabeza al empezar a caminar es el pensar como todos a estas horas duermen, sumidos en profundos sueños en sus casas. La zona es muy tranquila, un pequeño murmullo de unos pocos coches a lo lejos, las luces del aeropuerto con ese toque "mágico" y especial... algún avión a lo lejos, como un torpe y pequeño foco intentando emular una estrella fugaz... y cómo no, ladridos de algunos perros también sonando a una distancia considerable.

La noche para mí siempre me ha resultado mágica, especial de alguna forma. No sabría decir ahora mismo el por qué exáctamente pero... algo tiene que me deja hechizado y me hace sentir diferente en cierta manera. Sigo avanzando y como de costumbre, uno empieza a sumirse en sus propios pensamientos. Es en esos momentos en los que pareces encontrarte contigo mismo. Pero a los pocos segundos, se deja de pensar para simplemente observar un bello espectáculo. Algo que puede parecer tan cotidiano pero que, para mí, es algo realmente especial. Todo un cielo despejado, oscuro a más no poder, pero cargado de estrellas realmente brillantes. Es una auténtica belleza, son cosas que uno no se cansa nunca de mirar. Empiezo a distinguir alguna que otra constelación, e intento recordar algunas otras. Unas estrellas brillan con una fuerza inusitada, otras están algo más apagadas, mientras algunas parpadean constantemente.Intento hacerme a la idea de la tremenda inmensidad que contemplo y me llego a sentir verdaderamente insignificante comparado con semejante visión. 

Todos los pensamientos desaparecen, todos los problemas y las preocupaciones, se volatilizan... durante unos minutos, siento como si me aislara absolutamente de todo. Un sentimiento de... libertad. Sin darme cuenta, en esos minutos me he quitado de la cabeza ciertos pensamientos que me estaban empezando a hacer sentirme mal y que ya tenía antes de salir de casa, típicas "comeduras de cabeza" que ocurren en ocasiones. Pensar en cosas en las que, precisamente, no tendrías que estar pensando.Vuelvo a casa con la cabeza completamente despejada, listo para meterme en la cama y abandonarme al sueño, dejándome arrastrar por los vientos de Morfeo. Dentro de poco comenzará un nuevo amanecer.

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