viernes, 17 de diciembre de 2010

Nuevo amanecer

Y se disipa la bruma, rasgando el cielo con timidez los primeros y cálidos rayos del astro rey. Se retira poco a poco la oscuridad, como un desmoralizado ejército ante un enemigo imposible de batir, aunque solo para reunir fuerzas para un contraataque en otro momento más favorecedor.

Ahí estoy yo, impasible, presenciando tal espectáculo. La oscuridad se desliza hacia mí en ocasiones, pero en otras lo hace en sentido contrario. Intenta raptarme de alguna forma, pero justo cuando sus negras zarpas están a punto de agarrarme para dejarme caer en un pozo sin fondo, algo las hace desaparecer.

Así es pues, la vida misma. El Yin y el Yang. La luz, conviviendo con la oscuridad, compartiendo el reinado de la propia realidad, sin poder existir una sin la otra. Surfear en las sombras, comprender la oscuridad, adaptarse a ella, conocer dónde buscar la luz, encontrarla para bañarse en su resplandor, esperando de nuevo la nueva llegada de las negras olas y volviendo a empezar. Un ciclo que siempre se repite.

La clave... el equilibrio.

No sabía con qué palabras comenzar la reapertura de este pequeño lugar que ya existió no hace mucho tiempo, me enfrenté al espacio en blanco y dejé que mis pensamientos fluyeran con naturalidad en este momento... y esto es lo que ha fluido a través de mi mente. Se dice que para renacer, primero hay que ser reducido a cenizas. Y así fue. Aunque con el tiempo me he dado cuenta de que con cada renacimiento, dejamos atrás partes de nosotros durante el proceso. 

¿No nos lastiman aquéllos a quienes amamos y respetamos más que aquéllos a quienes odiamos y tememos?

Es como si algo dentro de nuestro interior se marchitara, para nacer de nuevo poco tiempo más tarde. Algunos lo llaman madurar. ¿Qué precio pagamos por ello?, hasta qué punto podemos aguantar sin que llegue el momento en que nos convirtamos en ceniza, cuando el daño sea tal que... ya no existan fuerzas ni motivación para renacer de nuevo, dejando nuestro corazón hecho pedazos ser arrastrado por la brisa de la incertidumbre y el olvido.

Solo sé que existe un único camino. La lucha. El ave fénix renace de sus propias cenizas una y otra vez, y así puede ser nuestra alma si queremos y tenemos fe en nosotros mismos. Inmortales. Enfrentando el daño y el dolor, mirándole fíjamente a los ojos y haciendo de él, en vez de nuestro enemigo, un aliado, usándolo para aprender de nuestros errores, crecer como personas... y ser aún más fuertes.

Alzad vuestros corazones. A todos nos llega un nuevo amanecer.

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